Asado, charla, reportaje y… mucho más, en el Refugio de Moto
Viajeros de Argerich. Una visita de dos jóvenes colombianos que hacer ver la
importancia creciente del lugar que promueve a todo Villarino.
Hace 48 años, nada más y nada menos, un día 7, del mes 5,
del año 1970, se nos ocurrió poner en circulación la edición número 1 de
VILLARINO (así se llamó al comienzo) de un periódico, con la gráfica caliente
de aquellos tiempos.
No fue el año 1 y no se quedó en eso.
Hoy en día –empezamos a escribir este 25 de Mayo, día de la Patria– con su
marca de identidad, DIARIO VILLARINO sigue su derrotero, con la esperanza (que
es lo último que se pierde, dicen) de llegar a las bodas de oro o el medio
siglo para, recién entonces, marcar el punto final de un medio periodístico que
se convirtió en histórico.
Ahora es digital, para estar a tono con la época, bien es
cierto que elegimos el formato de blog, que se ajusta más a la actualización
permanente en la que hemos fijado nuestro objetivo, día tras día.
El paso de los años, que suma antigüedad, algo que nadie se
animaría a discutir, no ha sido en vano, en eso de acopiar experiencias siempre
valiosas, aunque entremezclen lo bueno y lo que no lo es tanto.
Eso sí, la tenacidad en mantener el diario, nos ha puesto,
siempre, ante todo tipo de alternativas.
Nos inclinamos, esta vez, por señalar una que era inédita.
Lo ha sido, felizmente, encontrarnos, con una grata
sorpresa, que se dio el miércoles (23),
en el refugio de los “motoviajeros”, que motoriza (nunca mejor aplicado el
término) ese fuera de serie que es Adalberto Iseppi, a quien conocimos hace
tiempo y a lo lejos. Fue justo en
coincidencia con la aventura de editar el periódico, que lo fue, y mucho,
porque hubo que superar el descreimiento de la gente, no acostumbrada a recibir
un diario local (de papel era), que sólo
contenía material estrictamente
reservado al consumo lugareño.
Lo cierto sí, para no alejarnos del tema, que al llegar
puntualmente a Argerich, caímos en la cuenta que no éramos los únicos que
íbamos a compartir el almuerzo que estaba preparando Adalberto.
Fuimos con la compañía de un sobrino (político), Jorge
Bresciano, para que conociera un tanto ese lugar que está alcanzando una
notoriedad que ni el más optimista podía entrever.
Pero allí, nos aguardaba una pareja que recaló en ese sitio
después de recorrer 18.000 kilómetros arriba de su “máquina” (no entendemos ni
jota de los vehículos de dos ruedas y tampoco de los de cuatro). Apenas, sí, de
lo que es una bicicleta, pero no más…
Ella, Natalia (Zapata); él, Cristian (González). Ambos,
colombianos, de Medellín, con la impronta de sus 26 años; y el espíritu predispuesto
para, además de maravillarse con los encantos de cada lugar visitado, entablar
diálogos de todo tipo, para llevarse de cada visita una clara visión de cómo es
la gente. Y traslucir, a la vez, con absoluta transparencia, cómo son ellos
mismos, quizás lo más rescatable que nos queda anidado desde el primer momento,
sorprendidos por el carácter afable de quienes no recorren el mundo sólo para
hacer kilómetros y más kilómetros, sino para entablar amistades que se
prolonguen a la distancia para los tiempos que vendrán, tan inexorables como la
marcha de las agujas del reloj.
El muchacho (Cristian) se sintió a sus anchas hablando de su
máquina y sus bondades, en la charla con Jorge, citando variedades y virtudes
de los vehículos de dos ruedas que alientan una pasión.
Ella (Natty) que, como bien nos puntualizó Adalberto,
trasmite con su palabra el sentimiento de su corazón, “aguantó” la charla sobre
otros ángulos de la vida misma. No ocultó su asombro, porque al decirnos de
Medellín , asociáramos su tierra con Gardel, simplemente porque al mencionar su
origen, siempre, le nombran a figura de Pablo Escobar. Y no disimuló su sorpresa.
Esa simple acotación abrió el abanico para indagar sobre las
familias, de ella y de nosotros, como así de las ocupaciones personales,
bastante afines en algún sentido, como para ampliar el tenor de la conversación
en espera que el “asadito” estuviera listo, para demostrar cuán detallista, en
sus atenciones, es el anfitrión del refugio.
No fue tiempo desaprovechado. Sin urgencias, la charla, con
acotaciones siempre oportunas de Adalberto, se prolongó inadvertidamente,
mientras “devorábamos” la comida (riquísima en toda su extensión, porque allí,
y en este caso también, trae adosado el condimento invalorable del “placer
anímico” puesto en su preparación).
Así las cosas, pasaron largamente dos horas y media, como si
fueran sólo minutos, antes de prender el grabador y dejar que algunos párrafos
quedaran para acentuar un muy buen recuerdo de ese miércoles distinto, con el
regalo que recibimos esa tarde.
Cuando pensamos que es hora del retiro, porque el ocaso ya
sobrepasó el límite natural, aparecen estas sorpresas. Si las aprovechamos
tanto, más o menos, en el audio, quedará restringido, porque el valor,
esencial, fue el momento compartido.
Natalia y Cristian están transitando otras rutas, camino de
su futuro. Nos quedamos, nosotros, con la esperanza de seguir teniendo, cada
tanto, sus novedades, mientras encerramos, cálidamente, todo lo que alcanzamos
a saber de ellos, en esta experiencia maravillosa. Sí, tal cual…
Nota del editor
Dijimos al comienzo que escribíamos el 25 de Mayo. La demora en "cerrar" la nota
este domingo (3 de junio), tiene su explicación.
Esperamos las fotos de Cristian, primero, que las envió con
una gentileza que lo pinta de cuerpo entero (¡gracias, todas!).
Bajamos el audio, enseguida (pero nos quedó la duda sobre
cuántas preguntas mejores no hicimos; tarde para lágrimas).
Cuando todo parecía listo para editar, nos llegó una de las
más lindas noticias familiares de los últimos tiempos: ¡llegó Valentina!, la
nietita que esperábamos con ansiedad. Y nos ocupó la semana que terminó este
sábado (2); y todas las que vendrán.
Por eso, recién este domingo (3), completamos lo necesario
para la “entrada” número 4.070 de DIARIO VILLARINO.




