En lugar de ir, como siempre, a la misa de 8, en Villarino
460, donde ya estaba la iglesia parroquial de Santa Teresita del Niño Jesús
(inicialmente ubicada en el bellísimo templo del Colegio La Inmaculada), torné
a hacer el camino hacia Zelarrayán al
700.
Allí, casa parroquial del Inmaculado Corazón de María (sólo
había concurrido para jugar fútbol en la Liga Interparroquial que yo mismo
había creado), se reunía un grupo de la Legión de María.
Infinidad de veces había rechazado la invitación de Santiago
Boland (amigo, desde que éramos niños) para que concurriera. Una vez y basta,
había dicho.
No sabía, claro está, con qué me encontraría. Algo que
cambiaría el destino (el mío) para toda la vida.
Quizás porque era la costumbre (nunca pude saberlo), la
“bienvenida”, insospechada, la dio una jovencita, de cálida voz y carita de
muñeca (así pensé por un instante). Me preguntó por qué había ido y si estaba
dispuesto a seguir yendo.
Respuestas mentirosas se me ocurrieron. Porque en realidad
pensaba que sería la única vez para ambas cosas.
¡Qué lejos estaba de la verdad!.
Cuando ese “encuentro” terminó, estaba dispuesto (era la
práctica) que el jueves siguiente (día 13), saliera a hacer visitas a los
domicilios cercanos. ¿Con quién?. Con la chica que me había dado la bienvenida.
Aquel domingo, siguió con las actividades propias de ese
día: volver a casa; almorzar; tomar la línea 3 e ir hasta Avenida Alem y
Florida, para ser árbitro de uno de los partidos del torneo de softbol de
primera división. No nos tocaba jugar, porque lo habíamos hecho el sábado (8).
¿Nada más?. A cada momento tornaba a lo ocurrido en la
mañana; y pensaba en el jueves venidero (13) y las visitas a hogares cercanos.
¿Con quién? (porque era sólo un principiante): con Mabel, la de las preguntas
durante la reunión.
Así pasó aquel domingo. Pero, ya a punto de dormir,
recordaba lo “distinto” de ese segundo domingo del mes de junio. Lo que
cambiaría mi vida para siempre.
Nos encontramos aquel jueves, el de las visitas, en las
cuales sólo escuche, Ella era la que sabía qué decir y como expresarlo. Yo
apenas tenía idea, pese a mis años en la JAC (jóvenes de la Acción Católica),
en la que había alcanzado a ser dirigente, de frecuente presencia en la sede
arquidiocesana de Avenida Colón 164, como así también visitando parroquias de
la ciudad y la región por esa misma función.
Fue una buena tarde, aquella; con un agregado: nos veríamos
(más allá de la reunión del domingo siguiente (16). No sabíamos si nos
asignarían algunas nuevas visitas juntos. Sí, en cambio, que nos encontraríamos
(con visitas o sin ellas), alguna vez más…
Fue así que los “paseos” fueron repitiéndose, caminando por
la Avenida Alem de aquellos tiempos. Se transformaron en una buena costumbre.
Tanto fue aquello que en la tarde del 12 de septiembre,
fecha para recordar, decidimos –una y otro– que andaríamos juntos, desde aquel
momento, pero ya como novios.
Atrás quedaba el transcurrir de las visitas; las reuniones
de los domingos a las 09.00 pm; y todo lo demás que sucedió en tan sólo tres
meses.
Y no fue “un colorín,
colorado”, esa vez…
Cumplimos las formalidades del caso… y avanzamos en un
camino que había sido impensado el 9 de junio del ’63.
Por eso hoy, martes 9 de junio de 2026, recuerdo aquellos
momentos; aquella aparición de la carita más hermosa; las vicisitudes que
atravesamos juntos; y la vida que vivimos desde el 5 de febrero de 1965
cuando, en el mismo lugar del 9 de junio de 1963, me sorprendió Mabel, con su
bellísima imagen, la misma que veo cada mañana y que también incluyo ahora, en
esta evocación.
Pasaron 63 años, desde aquella primera secuencia, que me
marcó para siempre… ¿Se entiende?. Mabel fue, es y será siempre, un regalo de
Dios.
