La emblemática y centenaria entidad celebró sus 104
años.
Las fiestas de pueblo (esas que supimos compartir
por años de transitar por todos los caminos del extensísimo partido de
Villarino) tienen un espíritu muy especial. Es el que brinda el compartir, por
un momento, vivencias de otros tiempos; reencuentros que, a veces, se dan una
sola vez por año; comentarios de todo tipo, crecimientos de familias incluidos
(siempre hay chicos, que renuevan la esperanza de futuro); e instantes para
renovar amistades, esas que se mantienen a pesar de las distancias y, también, de
los avatares de la vida.
La fiesta de los 104 años de la Sociedad Italiana
de Médanos (asociación, según su título real), es una de esas oportunidades
para disfrutar. De antemano, esperándola (sucede una vez en cada año
calendario, aunque ya el “teatro” de Bulnes 70 sea repetido escenario de
celebraciones de todo orden). Y ya en el sitio y el momento preciso, viviéndola
en todos sus pormenores y en sus “pequeños” detalles, esos a los que la gente
encabezada por Gloria no deja nunca pasar por alto.
Estuvimos, este domingo (23), en la Italiana. Fue un verdadero
placer. Desde la fina atención de la entidad, que nos invita cada vez, como
para no poder decirle que no aunque sea en domingo (no hace falta decir,
quizás, que pocas veces concurrimos a esos eventos, a esta altura de una larga
trayectoria); y pasando por toda la gentileza hecha realidad durante la previa,
el almuerzo y la amena sobremesa.
En pocos lugares hemos visto tanta dedicación,
empeño y esfuerzo, denodado (porque hay que estar en eso), por hacer que todos
se “sientan a gusto”; paladeen un exquisito menú (la carne asada es un
verdadero lujo); y seguir, después, paso a paso, con el placer de una velada
muy gratificante.
Nobleza obliga a citar un ejemplo que no puede
llamarnos la atención, pero sí debemos señalar. Héctor Piattoni, legendario
presidente, por años de la Sociedad Italiana ,
que reconoce cíclicamente su entrega, tuvo a su cargo la atención de la mesa 9.
Ciertamente, inmejorable su predisposición. “Al toque”, con cada pedido,
después de preguntar, una y cien veces, “si faltaba algo”. Revelador, ese
ejemplo, del que es “uno más” de un excelente grupo, de cual es el espíritu (no
está mal repetir eso) que caracteriza a los hacedores de este presente de la
más que centenaria y emblemática institución. Todos son uno, sin que importen
los cargos y sí un entrañable cariño por su asociación.
No hace falta abundar en detalles. Pero diremos que
en la mesa 9 tuvimos oportunidad de conocer pormenores sobre una de las
protagonistas del encuentro: Gabriela Biondo (“Gaby, la voz sensual del tango”,
como se la conoce artísticamente) nos comentó al pasar algunos aspectos de sus próximas
actuaciones, que la llevarán tanto a Mar del Plata como a Villa Gesell. Ella,
que estuvo junto a su familia, deleitó a la “platea” con su intervención, en
dos entradas que matizaron la tarde y en las que puso de manifiesto las razones
que la han convertido en una de las figuras de estos tiempos en nuestra región
y un poco más lejos también.
Acostumbrados a verlo con gesto adusto en su función
de maestro de ceremonias de muchos actos oficiales, nos sorprendió Enrique
Eduardo Sosa, en condición de animador. Salido de libreto, le dio un toque muy
personal a la conducción de las distintas y variadas instancias del festejo.
Los homenajes (obsequios recordatorios mediante); el
baile; los sorteos; la torta del cumpleaños; el brindis; la mesa dulce; y
muchas otras alternativas fueron animando la cita, tradicional ya, pero siempre
renovada.
Todo fue, simple pero elocuentemente, al estilo de la Sociedad Italiana.
No podemos sino señalar cuánto de su impronta personal le impone Adalberto a
cada evento. Pero como nos alcanzan “las generales de la ley” (dicho esto por
una amistad que supera los 40 años), no diremos más que eso. Ni mucho menos…





















